“Factores de éxito o fracaso escolar en función del entorno sociofamiliar”

Vanesa Sanz González

Publicado el 09/11/2017 19:11

En nuestra búsqueda por descubrir los factores que pueden promover el éxito escolar de todos nuestros alumnos, con la intención de frenar el fracaso y el abandono prematuro del sistema educativo que venimos sufriendo en España desde hace años, hemos visto que las familias del alumnado y el entorno sociocultural en el que se encuentran inmersas, constituyen un elemento clave. Los componentes emocionales adquiridos en el seno familiar, fruto del estilo educativo y de la coherencia o incoherencia entre los padres, que luego los niños llevan a la escuela, influyen de manera determinante en cómo se comportan y en el interés que muestran por aprender.

 

  • El entorno sociofamiliar:

Podemos ver, de manera simplificada, los sistemas básicos que influyen en los niños escolarizados. Es el alumno que asiste a un centro educativo durante unas horas determinadas, que son distintas en cada país, y que, a la vez, se encuentra inmerso en un entorno sociofamiliar concreto (familia, amigos, vecinos, barrio, población…).

A menudo se habla de los porcentajes de alumnado que fracasa, bien por sus deficiencias, que le impiden o dificultan el aprendizaje, bien por su desinterés y su falta de motivación y de ganas de aprender. Sin embargo, como hemos visto, no podemos olvidar que cada alumno se desarrolla en una familia y en un entorno social con unas características concretas.

¿Qué papel tiene la familia en el éxito o fracaso de sus hijos?

Las funciones básicas que cumple son: fisiológicas (alimento, descanso, calor, cobijo), emocionales (amor, cariño, equilibrio, seguridad), de protección (cuida a niños, ancianos, discapacitados y otras personas que lo necesitan) y de socialización (transmite costumbres, valores y cultura del grupo social).

A través de su función socializadora, la familia es la primera institución en la que los niños aprenden a seguir el orden establecido. En este sentido, «es el principal escenario para el desarrollo y ajuste de los hijos. Cuando las relaciones entre padres e hijos se caracterizan por la comunicación de calidad abierta y fluida y por la presencia de canales de afecto y apoyo claros y consistentes, es mucho más probable que estos últimos sean en un futuro ciudadanos responsables y personas felices. Por el contrario, cuando la relación entre padres e hijos se fundamenta en el conflicto y en la ausencia de apoyo y diálogo, hay más probabilidades de que surjan graves problemas de ajuste como por ejemplo una pobre satisfacción con la vida, síntomas depresivos, estrés y ansiedad, sentimientos de soledad y desesperanza, así como la implicación en conductas antisociales y en comportamientos de riesgo poco saludables para la persona. La familia es, por tanto, un arma de doble filo, ya que en el contexto familiar puede alimentarse tanto el caldo de cultivo del bienestar, como también el de la inadaptación y la infelicidad.» (Musitu, Estévez y Jiménez, 2010).

Lo cierto es que, por el tipo de educación recibido en casa, muchos niños sufren violencia debida a la falta de preparación de sus padres para ejercer como tales y, como consecuencia, aprenden a ser violentos, lo que después les lleva en las escuelas a que trastornen la dinámica de las clases, agredan a los compañeros y agoten la paciencia de los docentes. Así, vemos cómo muchos chicos y chicas inteligentes fracasan en sus estudios y en su integración social, y sin embargo, sus comportamientos solo representan:

 «la manifestación externa del sufrimiento y la incomprensión que han tenido que soportar sin recibir el apoyo necesario para superarlo.»

En definitiva, vemos que de los modelos que transmite cada familia y de los métodos que utiliza se desprende como resultado el tipo de hijos que traslada a la sociedad. Y, en la medida que los padres son conscientes de su tarea y se responsabilizan de ella, imprimiéndole un claro carácter intencional, son más capaces de conformar individuos aptos, es decir, adaptados y a la vez capaces de responsabilizarse de su propia realidad e influir positivamente en la de su entorno.

  • Aspectos que hacen distintas unas familias de otras:

─Éxito o fracaso de los padres en la escuela.
─Nivel de estudios alcanzado, profesión y puesto de trabajo actual.
─Nivel de ingresos.
─Expectativas e interés hacia lo escolar.
─Habilidades (personales, sociales…) y estrategias (de comunicación, de resolución de conflictos, de autocontrol, de aprendizaje…) que pueden transmitir a sus hijos.
─Situación o clima emocional que se vive en casa: enfermedades graves o fallecimientos, familias desestructuradas, malos tratos, abusos, separaciones, falta de atención adecuada hacia los niños, abandono… o, por el contrario, buena estructura familiar, orden, normas, serenidad y armonía, muestras de cariño…
─Recursos materiales, económicos y culturales con los que cuenta la familia y el entorno (alimentación, lugar de estudio en casa o fuera de ella, material escolar del que dispone el alumno, apoyo escolar si es necesario…).
─Empleo del tiempo libre: ocio creativo, deporte, visita a museos, salidas al campo, tiempo compartido con otros niños; o, por el contrario, ocio en casa, frente al televisor o el ordenador, sedentario, sin apenas contacto social, etc.
─Apoyo social, o falta de éste, que cada familia encuentra en su entorno inmediato, bien de
familiares o amigos, bien de organizaciones o instituciones comarcales o locales.
─ Relación que los padres establecen con el centro escolar (cooperación, coherencia, ayuda
mutua, desconfianza, rivalidad, etc.).

Es evidente que en función de todos estos parámetros, y quizá de algún otro, la vida de los niños fuera del centro escolar puede ser de muchas maneras y resultar altamente estimulante y motivadora para el aprendizaje o, por el contrario, imposibilitar que puedan llevar una marcha normal y adecuada que favorezca su progreso.
Los niños son como los espejos, proyectan la imagen de lo que ocurre en su entorno, pero no son ellos los responsables. Si un niño tiene hambre o se duerme en el aula, si reclama atención porque no tiene la que necesita, si tiene baja autoestima o carece de habilidades sociales para resolver los conflictos, si no necesita esforzarse porque su entorno le provee de todo sin que
 
ponga nada en absoluto de su parte, si actúa como si estuviera bajo constante amenaza o presenta fuertes heridas emocionales, si tiene que estar pendiente de otras tareas, etc.

¿Cómo va a mostrar interés por aprender lo que queremos enseñarle?

  • La escuela y los maestros:

La aplicación de metodologías distintas también marca la diferencia. Las metodologías centradas en el aprendizaje de los alumnos hacen que los docentes analicen de qué punto parten aquéllos, que establezcan hasta dónde han de llegar y que les acompañen en el camino. Su papel es mediar entre el alumnado y los nuevos contenidos organizando experiencias que les permitan construir nuevas estructuras cognitivas en las que éstos se incluyan. Para llevar  un seguimiento adecuado del proceso utilizan la evaluación formativa que produce un continuo feedback que proporciona información de las dificultades que surgen, para subsanarlas lo antes posible. Todo ello con la intención de conseguir que todos lleguen al éxito.
Por el contrario, las metodologías centradas en el proceso de enseñanza y en impartir los contenidos del libro de texto, se centran en la tarea del docente de explicar el contenido de la materia y, posteriormente, evaluar si los alumnos lo han adquirido o no. Queda como labor de éstos últimos escuchar atentamente a los docentes y estudiar los contenidos para resolver las preguntas del examen, ya que su tarea es aprender lo que se les transmite, sin cuestionar su utilidad o su coherencia interna, y aunque no conecte con sus estructuras cognitivas previas.

La autonomía a nivel de contenidos y metodología, que nuestro sistema educativo permite por el carácter abierto de la propuesta curricular española, hace que sean los equipos docentes los que hayan de reflexionar para concretar las prescripciones legales (tanto nacionales como autonómicas) y adecuarlas a las características y necesidades de los alumnos de cada centro. Por tanto, la formación y experiencia que tengan los docentes en llevar a cabo esta tarea y la capacidad que tengan los Equipos Directivos en promoverla y dinamizarla hará que esta concreción cumpla realmente su función o se convierta en un mero trámite burocrático. Del mismo modo, la formación pedagógica y el talante que tenga la dirección de los centros también facilitará o dificultará la puesta en marcha y la gestión de proyectos de innovación y de distintos planes de actuación, y potenciará o frenará las iniciativas que surjan entre los docentes para reflexionar juntos o formarse con la intención de ofrecer una educación de mayor calidad.
 
El desconocimiento por parte del profesorado de la vida de los alumnos y de las circunstancias que envuelven su aprendizaje en casa (espacios, recursos, normas…) lleva a que de dé una desconexión emocional entre ellos, lo que se traduce en la dificultad para prestar atención a las necesidades o motivaciones del alumnado y darles respuesta. Esto se traduce en una falta de interés por lo escolar y de motivación por aprender. Por el contrario, los docentes cercanos, que comprenden al alumnado, empatizan con él y se esfuerzan por atender sus necesidades, resultan altamente motivadores.

Por último, cabe señalar que los centros también pueden buscar la colaboración de las familias del alumnado tratando de implicarlas de distintas maneras en el proceso educativo de sus hijos, o pueden procurar mantenerlas al margen de su labor profesional, limitándose a informar de aquello que se ha llevado a cabo y de los objetivos alcanzados. En este sentido, hay evidencias de que cuando las familias colaboran en el centro esto se traduce en mejores resultados de los alumnos. (Flecha y Soler, 2013).

  • Factores emocionales:

Buscando encontrar lazos entre la neurociencia, la genética y la ciencia cognitiva para mejorar la educación, varias Facultades de la Escuela de Postgrado en Educación de la Universidad de Harvard inician el programa Mente, Cerebro y Educación (MCE). Kurt Fischer, director y profesor del programa, pone hincapié en la importancia de integrar la investigación y la práctica para formar profesionales capaces de trasladar los resultados de las investigaciones a propuestas útiles y realizables en la escuela. Así, a partir del estudio de una amplia gama de disciplinas que están a la base del currículo, los graduados están preparados para efectuar contribuciones significativas para un sistema educativo o una escuela.

Como conclusión, cabe resaltar que «la neurociencia por sí sola no puede proveer el conocimiento necesario para diseñar enfoques eficaces para la educación, y, por tanto, la neurociencia educativa no habrá de consistir en insertar técnicas basadas en el cerebro dentro de las aulas. Más bien, se debe establecer una relación recíproca entre la práctica educativa y la investigación acerca del aprendizaje […]. Esta relación recíproca habrá de sostener el flujo continuo de información en las dos direcciones para dar soporte a una práctica educativa informada sobre el cerebro y basada en la investigación. Entonces, los educadores e investigadores podrán trabajar juntos en la identificación de metas de investigación relevantes para la educación y discutir las implicaciones potenciales de los resultados. Una vez que sean implementadas las propuestas derivadas del estudio del cerebro, los investigadores educativos podrán examinar su efectividad de manera sistemática y proporcionar los resultados obtenidos en las aulas como retroalimentación para refinar las orientaciones de la investigación.»

Al hilo de todo esto, Mora (2014) señala que la emoción es la base del aprendizaje. Este autor defiende que sólo se puede aprender aquello que se ama y sólo se puede enseñar a través de la alegría, porque la emoción está en la base de todas nuestras conductas y es la energía que mueve el mundo. Por ello, advierte a los docentes de que han de ser conscientes de cómo plantean la enseñanza. Las experiencias que los alumnos tienen en las aulas cambian la física y la química de su cerebro. Los profesores y, por supuesto, los padres, a través de las experiencias a las que exponen a los niños y adolescentes, transforman el cerebro de éstos.

Esto supone una gran responsabilidad, en primer lugar para los propios docentes y, en segundo lugar, para las sociedades que forman y seleccionan a los que habrán de ser los futuros maestros y profesores, y que habrán de establecer medidas para apoyar a las familias en su labor educadora.

 

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