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Los idiomas y la educación del siglo XXI

Andrea Mercado Fernández

Publicado el 28/03/2020 16:03

   

 

    ¿Es bueno que los más pequeños crezcan con más de un idioma? ¿No los confunde? ¿Y si después no aprenden bien su lengua materna?

    Nuestra sociedad es cambiante, se mueve, y, por lo tanto, aprende nuevos idiomas para adaptarse a una nueva situación. Esto quizás es más asimilable para las personas ya en la etapa adulta, pero ¿qué pasa con los niños y niñas que, por motivos ajenos, deben dejar su país natural para irse a otra parte del mundo? La socialización, la escolarización y la adaptación son tres aspectos a los que deben hacer frente, ¡y en otro idioma! Como consecuencia, la escuela del siglo XXI se ha encontrado con estos nuevos retos a resolver para garantizar la cohesión social y la adecuada escolarización del alumnado procedente de otros países (Barquín, 2009).

    Muchos autores, pertenecientes al ámbito del multilingüismo en la educación, aprecian los beneficios que el aprendizaje de un nuevo idioma aporta a un niño o niña. Tenemos, por ejemplo, el caso de Jim Cummins (1980) que aportó y sigue aportando grandes descubrimientos en cuanto a las lenguas se trata. Su teoría de la competencia subyacente común (los icebergs), explicada de manera breve y concisa, dice que cuando una persona maneja dos lenguas (o más), todo ese conocimiento comparte una misma fuente de competencia subyacente común. En otras palabras, lo que sabemos de los idiomas no está separado en compartimentos dentro de nuestra mente, cada pieza de conocimiento forma un todo común.

Promueven el multilingüismo en la comunicación científica

    Pero ¿de qué nos sirve a los educadores esto? Principalmente, tenemos que saber que el uso de todas las lenguas es beneficioso. ¿Cuántas veces, siendo estudiantes o docentes, se ha prohibido el uso del español en clases de inglés? Con esto solo se consigue la introversión del alumnado. Dejar que se expresen en su lengua materna propiciará una red de conexiones entre el repertorio lingüístico del español (L1) y el inglés (L2); y además, conseguiremos motivación. Lo apropiado, en este caso, es dejar que se expresen en su lengua materna y nosotros, como docentes, indicarles como hubiera sido esa misma frase, pero en el otro idioma. Sencillo, ¿verdad?

    Otro aspecto, dentro del multilingüismo educativo, es la duda de a qué edad es recomendable que se comience a aprender un idioma ajeno al materno. Sinceramente, y desde mi punto de vista, no creo que haya una edad establecida. Sin embargo, mi experiencia me hace llegar a la conclusión de que un inicio temprano en una lengua no es perjudicial. El hecho de que una persona de, no sé, pongamos 3 años, comience a aprender un idioma extranjero (L2), solo implicará que adquiera nuevas habilidades y sepa manejarlas en diferentes códigos. Esa responsabilidad, esa adquisición de conocimientos y esa idea de “aprender algo útil” genera aspectos fundamentales para la formación del pensamiento y, con lo cual, forja un proceso de aprendizaje óptimo.

    El programa CLIL (Content and Language Integrated Learning) es una metodología que, como su propio nombre indica, es la combinación de contenido e idiomas en una sola actividad. Esta metodología tiene dos objetivos: adquirir tanto la competencia lingüística como la competencia de contenido en sí. Una característica que hace a CLIL único es su carácter contextualizado y natural. Que un alumno o alumna sea capaz de transferir lo que ha aprendido a una situación real propicia un aprendizaje más efectivo e interiorizado.

    No vamos a negar que esta metodología tiene también críticas, que, en mi opinión, son mitos. Algunos de ellos, según Anghel, Cabrales y Carro (2013) son que CLIL se presenta como una amenaza para el resto de asignaturas, selecciona y da más o menos valor a los idiomas, es elitista, su función es repasar conocimientos ya adquiridos... No. Ni por asomo es una amenaza para el resto de materias, sino que en realidad su función es enriquecer una materia que quizás, mediante la lengua materna, no aportaba tantos beneficios. Por otra parte, su función no es repasar, su función es impartir nuevos conceptos, pero en un código diferente. CLIL está muy criticado, tanto positiva como negativamente, pero creo que los beneficios son mucho más altos que los perjuicios.

    Sin embargo, ¿qué pasa con esos profesores que, de repente, se les adjudica una asignatura impartida en inglés? Es aquí donde entra la preparación docente. Cada vez nos exigen más niveles, primero con un B1 era suficiente y ahora hasta nos piden el C1. ¿Necesario? Sí. ¿Justo? No. El motivo se debe a que muchos de nosotros quizás no tenemos la certificación, pero sí el nivel. En este aspecto, España es uno de los pocos países que necesita todo justificado de manera física (diplomas, certificados, documentos acreditativos...). Eso ya no nos corresponde a nosotros, es una tarea dirigida más hacia los de arriba. Nosotros, si somos los educadores apasionados que somos, tendremos la voluntad de mejorar y practicar por nuestra propia cuenta, por ejemplo, mediante cursos (sí, esos cursos que los centros nos animan a acudir) que nos propicien nuevas metodologías y simplemente aprendiendo inglés por nuestra cuenta. Nuestros alumnos y alumnas lo valen.

    Lo que está claro es que tenemos que adaptarnos a las necesidades de nuestros estudiantes, valorar qué podemos mejorar, quitar o añadir. Las interacciones que podemos crear gracias a los idiomas y la autoestima que podemos generar son solo señales de que lo estamos haciendo bien. Los idiomas no son la respuesta, pero nos ofrece una gran ayuda para hacer lo que más nos gusta: educar.

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