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Pensar y cantar, todo es empezar

María Teresa Martínez Lapuerta

Publicado el 12/05/2018 23:05

Desde que acceden por primera vez al colegio hasta que abandonan el sistema educativo, los niños y jóvenes españoles son unas auténticas máquinas de recibir información: desde las primeras fichas, en las que se les describe cómo es el otoño o qué se pone uno cuando hace frío, a que sean expertos lingüistas, geógrafos, historiadores, matemáticos, físicos, etc., no median más que unos cuantos años de aprendizaje más o menos forzado tras los cuales se han introducido en su cabeza infinidad de contenidos, a veces tan precisos y específicos como la situación de los ejes industriales en su Comunidad Autónoma o la lista de reglas ortográficas de la b y la v. Pero nuestros pobrecitos niños, nuestros chicos y chicas, tan entrenados para estudiar, ¿cuándo hablan de las grandes cuestiones de la vida?

Es cierto, en 4º de ESO, ya con 15 años, y en Bachillerato, estudian Filosofía. Bien, aun así, repito mi pregunta: ¿cuándo hablan de las grandes cuestiones de la vida? Porque la realidad es que ESTUDIAN Filosofía, o más bien Historia de la Filosofía. Es decir, estudian, siguen estudiando, para aprender de forma lo más exacta posible lo que otros antes que ellos han pensado. Como si ya todo estuviera dicho en materia de pensamiento. Como si ellos no tuvieran nada más que hacer, solo ser “escuchadores” pasivos (puesto que ya se han acostumbrado a que en clase sobre todo se recibe información, y además en estos cursos ya es difícil detenerse si se quiere terminar el temario…).

Mi papel en la comunidad educativa es el de madre de tres hijos. Lo que veo a mi alrededor son padres que toman las riendas de los deberes de los niños, ya sea preguntándolos en el chat la clase (en el colegio donde estuvieron con anterioridad mis hijos, durante unos meses la madre de un compañero se encargó todos los días de escribir los deberes que tenían los niños por si acaso ellos no los habían apuntado) o incluso haciéndolos junto a sus hijos. Deberes a los que éstos, por otro lado, se resisten, como si no fueran asunto suyo.

Por otro lado, ha dejado de ser extraño que los niños de 3 años que se caen en el patio se queden quietos hasta que alguien va a levantarles. Cuando son un poco mayores, lo habitual es que los niños no participen en las tareas domésticas. En el colegio, los chicos no entienden que el papel de delegado de clase implica hablar con los profesores de los problemas que surgen, sino que lo toman como un cargo más bien lúdico o de prestigio, vacío de contenido. En conjunto, y a pesar de su aparente fortaleza y aplomo, da la sensación de que los chicos se dejan llevar por los adultos en cuestiones que les pertenecen, como su estudio, su organización académica, la resolución de sus problemas en el colegio (de los problemas que ellos pueden controlar, se entiende), en resumen, la formación de su porvenir.

Esto parece conducir inexorablemente a una sociedad como la nuestra, en que una parte importante de los adultos se queja de vivir una existencia que le disgusta, con la sensación amarga de que han llegado a ella sin darse cuenta o de que en cierta manera les ha sido impuesta. Los niños que no aprenden a pararse y pensar en las cuestiones fundamentales de su vida cuando son pequeñitos, a plantearse por qué, o si sí o no, que dejan que sus padres, sus profesores, sus programas de televisión decidan todo por ellos, de repente un día levantan la cabeza y se encuentran viviendo una vida que quizá era la que tocaba pero que en realidad no sienten como suya.

Me preguntaba al principio del artículo cuándo hablan los niños, los adolescentes que siguen nuestro sistema educativo, precisamente de estos temas, y no encuentro respuesta en ningún programa de curso.

Creo que en todas las etapas, desde 1º de Infantil hasta 2º de Bachillerato, sería muy conveniente dedicar un tiempo del horario lectivo a aprender a pensar, sin contenidos concretos prefijados. Y como la mejor forma de aprender es haciendo, propongo que todos los cursos tengan reservado un tiempo semanal para que la clase, junto con su profesor, piense en voz alta.

En los primeros años los niños no tienen más experiencia que la de su mundo cotidiano. Sería interesante enseñarles a cuestionarse ese mundo. Plantearles situaciones que viven todos los días, de forma que sean conscientes de todo lo que en realidad hacen y se pregunten por qué o para qué. Por qué han aprendido a abrocharse el babi, para qué esperan una fila, qué pasa si no aprenden a escribir... El profesor podría proponerles preguntas y dejarles contestar, sin moralejas y dedicando tiempo a que saquen sus propias conclusiones. De estas sesiones resultaría una mejor comprensión de las normas de convivencia que a estas edades están aprendiendo. Ya no serían simplemente impuestas, habrían llegado a ellas a través del razonamiento, y les resultarían (dentro de sus posibilidades) más lógicas y llevaderas. Un primer paso en su desarrollo como personas que manejan su propia vida.

La etapa siguiente, de Educación Primaria, es muy propicia para que los niños “filosofen”. A medida que avanzan los cursos van siendo más capaces de utilizar con soltura el razonamiento abstracto. Se les podría proponer definir en común, en voz alta y escuchándose unos a otros, conceptos que van teniendo en gran estima, como el valor, la justicia, u otros como la belleza, el tiempo… Para que en estos casos las sesiones cumplieran su objetivo de enseñarles a pensar, el profesor sería un moderador o un provocador que les plantearía (sólo cuando no saliera de ellos) las consecuencias de sus manifestaciones, actuando a veces de abogado del diablo para hacerles descubrir la importancia de los matices o la inexistencia de verdades absolutas. Y debería tener muy claro que el objetivo de estas sesiones no es que los niños conozcan las respuestas, que obtengan la definición correcta del concepto o la decisión adecuada, sino todo lo contrario: que todo esto lo construyan ellos, y que además se den cuenta de que a menudo no hay una sola definición exacta o una sola buena decisión.

También, con el fin de ejercitar el pensamiento libre, se podrían plantear preguntas chocantes o situaciones inesperadas, dejando a los niños proponer formas de actuar ante ellas. Qué harían si entra un extraterrestre en su habitación. Cómo ayudarían a un anciano que se ha perdido. De la misma forma, se les podría pedir tomar decisiones en situaciones comprometidas por una u otra razón, de forma que reflexionaran sobre las consecuencias de los actos: desde el típico qué se llevarían a una isla desierta, hasta los sacrificios que llegarían a hacer para parar una guerra, las posibilidades son ilimitadas.

Los beneficios de estas sesiones son numerosos tanto a corto como a largo plazo:

- En primer lugar y como objetivo fundamental, los niños aprenden a pensar por sí mismos y a cuestionarse la realidad, su realidad y la que encuentran en el mundo exterior.

- Aprenden a expresarse con propiedad, para materializar ideas y sensaciones en palabras con las que los demás les puedan entender, dando importancia a los detalles que les llevan a decir exactamente lo que quieren decir.

- Los niños se acostumbran a defender sus ideas de forma “civilizada”, argumentando y encontrando razones.

- Esto conlleva que también mejoran su autoestima al ser escuchados y respetados por lo que dicen, y por sentirse capaces de expresar lo que sienten u opinan. Al mismo tiempo, ganan seguridad por sentirse capaces de resolver los problemas que se les van proponiendo, y por lo tanto los que surgirán en su vida real.

- Además, al poner sus ideas frente a las de sus compañeros, aprenden a situarse en el lugar del otro, a escucharle, a no tener siempre la razón, y que no todo es blanco o negro.

- También, en este mismo sentido, les enseña que a veces uno está equivocado sin saberlo y es muy bueno escuchar a los demás, cambiando una opinión previa si los argumentos de los otros nos convencen.

- El escucharse con frecuencia, el buscar en su interior las respuestas a preguntas muy variadas les permite conocerse mejor, lo que siempre es bueno y más cuando uno está en formación.

- Por otro lado, resolver (aunque sea sólo de palabra) en cada ocasión situaciones inesperadas les ayuda a adaptarse con más facilidad a los cambios y a hacerse más flexibles.

- Además, el exponer y debatir en conjunto es también un aprendizaje para el trabajo en equipo.

- En cuanto a los beneficios sobre la clase, rompe los grupos cerrados y elimina las etiquetas, al hacer que los alumnos expresen su opinión con frecuencia sobre diversos temas.

- Existe finalmente un beneficio “colateral”: el profesor conoce mejor a sus alumnos porque sabe lo que piensan. De esta forma, puede adaptar sus clases a las necesidades individuales o del grupo, y así formarles mejor.

Con este programa de actuación, estos niños, después de haberse puesto a pensar por sí mismos durante un mínimo legal de seis años (toda su Educación Primaria), llegarán a las etapas de ESO y Bachillerato preparados para obtener el máximo provecho de sus asignaturas de Filosofía, puesto que sabrán valorar las conclusiones a las que llegaron sobre ciertos temas los grandes pensadores de la Humanidad. Y sabrán que estas conclusiones no son ni las únicas, ni unos límites ya establecidos.

Un profesor de mi universidad, ante la necesidad de encontrar ideas sorprendentes o distintas para poder resolver los problemas que nos planteaba la asignatura, solía repetirnos que “las ideas felices surgen frecuentemente en los cerebros acostumbrados a pensar”. Los niños nacen preparados para pensar, por eso con dos años empiezan los porqués, por qué el cielo es azul, por qué no puedo volar, por qué dormimos de noche… Preguntas que a los padres nos sorprenden y a menudo nos abruman por su complejidad. Propongo que, en la medida de nuestras posibilidades y siempre que los nervios nos lo permitan, en el ámbito académico les contestemos, y no sólo eso: que les provoquemos y les preguntemos más. Que no les enseñemos a contentarse con una respuesta fácil, o con lo que los otros han hecho antes. Que no les cortemos las alas. Quién sabe hasta dónde podrán llegar.

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