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Profesores de humanidad para tener futuro

Victor s. vega

Publicado el 23/03/2019 18:03

Decía Marco Aurelio que amar, estudiar y el sentido común eran los tres secretos de la educación. El docente debe querer tanto a sus alumnos, como para dedicar su vida a darles el conocimiento, el razonamiento de la libertad, aunque pocos lo aprecien y su esfuerzo parezca baldío.

En un mundo donde reina la apariencia y somos juzgados por pensar diferente, donde todos quieren ser especiales, nos volvemos nuestros propios torturadores. Nos transmitimos el miedo a no lograr las metas impuestas autoimpuestas, y, ante tamaña empresa, la rendición llega antes de comenzar; se busca la felicidad inmediata.

Mundo de plástico y de intolerancias, donde la belleza y la verdad se desmoronan, donde la gran asignatura que es el ser humano pierde importancia. Nos comparamos para tener identidad, en nuestro autoengaño, frustrados, ante la soledad, y la esclavitud de la ignorancia.

No puedes saber quién eres sin los demás. A la alegría se llega por el dolor, y así se aprende para vivir.

Enseñamos a los niños que deben ser únicos, especiales, aspirar a todo, a ponerse por encima de los demás, a aislar lo diferente, la ilusión del optimismo infundado, y luego nos lamentamos de que no sean sumisos a nuestros ideales, que no sean nuestro reflejo, que no deseen el futuro puesto delante, y que no luchen por cambiarlo.

Ellos, que observan nuestro modelo de esclavitud de la apariencia, de nuestra docilidad y sometimiento a la tiranía de los números, nuestro desprecio a poetas y filósofos, a la labor de los profesores, antaño como transmisores y exploradores reverenciados, como los padres y madres de la civilización, no valoran el esfuerzo que supone el aprendizaje y el camino que este representa, y prefieren abandonarse a la dictadura de la complacencia, al selfie de la industria, la coercitiva prisión social de la que no son conscientes ni encuentran llave para escapar, oscuro vacío más allá del rebaño.

El profesor sacrificado no puede salirse de lo estipulado, la creatividad debe dar los frutos del niño provechoso para el mercado de la profesionalidad, ciego más que para ver la manzana que cuelga delante de su pantalla, perpetuando los patrones para los cuales fueron creadas las instituciones de la educación.

Y el libro olvidado, tiene que ser algo más que una bonita portada, debe tener un contenido, algo que ilumine nuestra mente, de ideas, y que merezca ser compartido, debe hacer algo más que vender un producto y una marca.

 

El filósofo Byung-Chul Han explica que insistir en el rendimiento no puede más que hacernos caer en la decepción, tan frecuente en la sociedad actual. La principal causa del desencanto no es el aumento de las fantasías, sino las elevadas expectativas. Queremos rendir, disfrutar al máximo, con lo cual no es extraño que la realidad venga después revestida de un aire decepcionante. Pero eso no tiene nada que ver con la fantasía, sino con la ausencia de una negatividad que nos obligue a salir de esa dinámica repetida. Solo la existencia de una educación diferente puede sacarnos de ahí.

La educación actual, totalmente acrítica e incívica, es una fábrica de individuos que abrazan la ortodoxia y el conformismo, gente sin horizontes ni raíz, replicantes de un régimen que fagocita toda excentricidad y sofoca la disidencia y la insumisión.

El individuo gregario subordina su responsabilidad y su civismo autónomo al dictado generalizado de lo “políticamente correcto”, a la inercia fatal de las masas acéfalas, al despotismo de seres inhumanos que solo se interesan por el pragmatismo económico.

El caso es que suele confundirse la colectividad, el grupo colectivo, con la masa indiferenciada. El totum revolutum de lo informe de la masa es inhábil para crear y generar un discurso racional que esté acorde con las necesidades de los tiempos presentes. Y así, repetimos los mismos fallos y los mismos prejuicios de siempre. Ello porque no hay individuos plenos en razón que se despeguen del oficial discurso de la masa y, cuando alguno se vuelve consciente de ello, la masa bien adiestrada, trata rápidamente de anularlo.

Si queremos corregir algunos problemas acuciantes y perentorios del ser humano, improrrogables, hemos de conformar un pensamiento propio, sin miedo a la soledad de la singularidad, original y novedoso, que incida en lo colectivo para enriquecerlo, y haga de las personas y sus problemas el principal caballo de batalla.

Enseñamos a los niños a teclear y comunicarse con las maquinas, a vigilarse los unos a los otros, a estar continuamente indignados y no saber por qué. Un buen maestro solo lo es si consigue que sus alumnos lo superen, despierte esa chista a punto de extinguirse y que no debe morir.

Es tiempo de conocer, de transmitir sin palabras, con hechos. Somos iguales en lo vulnerable, debemos enseñar a soportar el sufrimiento. Nadie es solo, no estamos locos. Soy con el otro, no contra el otro.

 

 

Wolfgang Goethe decía que el talento se forma en la soledad; el carácter, en el bullicio. La soledad no debe ser el castigo de la creatividad y la esclavitud el premio de la indiferencia. La mentira del espejo, genera frustración y violencia. Nadie sabe más de uno que el otro, tú no puedes saber quién eres sin los demás, pero no serás queriendo ser igual que el resto.

Albert Einstein, gran crítico de la educación de la época, ya nos advertía sobre la importancia de la imaginación por encima del conocimiento; la primera no podemos limitarla, ya que la segunda tiene límites. Immanuel Kant escribía que la educación debe desarrollar al hombre de toda la perfección de que su naturaleza es capaz.

Tan solo hace falta imaginación para construir algo bello. El lema ilustrado está más vigente que nunca: ¡Atrévete a saber!

 

 

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