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Los últimos bastiones lúdicos

Elvira Fernández Pena

Publicado el 24/03/2020 11:03

Son las nueve de la tarde y Paula se siente realmente ansiosa pues en cuestión de segundos entrará la persona más importante de su vida por la puerta. Su día ha sido duro, pero todo lo compensa cuando vuelve a verle la cara a su mamá.

Paula se levanta todos los días a las seis y media de la mañana y se viste y desayuna a todo correr para llegar al aula madruga de su colegio a las siete y media, pues su madre entra a las ocho a trabajar en el hospital. Después, se va a su clase con sus compañeros de nueve a dos de la tarde. A continuación, la parte que más detesta Paula del día, el comedor. Come siempre muy rápido, intentando no saborear mucho la comida de cáterin que les dan en el cole, y de este modo aprovecha el tiempo de después de comer para hacer los deberes. A la cuatro comienza su clase de inglés hasta las cinco, hora en la cual la recogen sus abuelos. Si hace bueno, acostumbran a ir al pequeño parque que hay al lado de su edificio, salvo los días como hoy, martes (además de lunes y jueves), pues tiene que ir al conservatorio. Entra a las cinco y media y tiene clases de violín y de canto coral. Cuando llega a casa, suelen ser las ocho y mientras su abuelo ve la televisión, su abuela la baña y le da de cenar.

Por fin entra por la puerta Rosa, la madre de Paula. Un torbellino de besos y abrazos la sacude y le arrancan una sonrisa. Rosa llega agotada, su cara no es la misma con la que se levanta por la mañana y le pide con voz serena y gastada a Paula que se vaya a la cama que ahora va ella. Mientras su madre se despide de sus abuelos, Paula comienza con un ritual de bailes y por favores: ¿jugamos un poco, mamá?, ¿jugamos al parchís?, ¿jugamos a hacer cabañas con los peluches?, ¿jugamos a...? ¿JUGAMOS, MAMÁ?

Se hace el silencio. Paula está a punto de llorar. Su madre le explica que está muy cansada, que ha tenido un día duro en el hospital, y que mejor mañana. La acompaña a la cama le lee un cuento y Paula se duerme. A las nueve horas suena otra vez el despertador. Paula tiene 6 años.

 

 

Una escena muy cotidiana, ¿verdad? Niños de todo el mundo viven jornadas como la de Paula día tras día sin que reflexionemos desde nuestra visión de adultos acerca de la importancia que durante la infancia tiene algo tan básico como el juego. El juego no solamente es el desencadenante de los mayores aprendizajes cognitivos, sociales, emocionales, motrices, etc.; sino que además supone el mayor hito a alcanzar en la etapa infantil y una fuente de desahogo de lo cotidiano. Parece mentira que nosotros, los adultos que como niños tuvimos esa infancia de pandillas, de juegos de grupo y al aire libre, de horas y horas de roles, de momentos de pura felicidad; no nos demos cuenta de que nuestra infancia ya no juega como lo hacíamos antes.

Fue precisamente, Dean Koontz, el escritor de ficción estadounidense que se “anticipó” al coronavirus, quien dijo un día: “Juega mucho y juega bien, juega como si tu vida dependiera de ello. Porque depende…” En 1959, el juego se constata como un derecho fundamental de la infancia, cuando lo ONU lo legitimiza a través de la Declaración Universal de los Derechos de los niños. Supone un momento histórico, pues por primera vez empieza a verse a la infancia como un sector social con competencia ciudadana y derechos propios. En su artículo 31 establece que:

“Los Estados Partes reconocen el derecho del niño al descanso y el esparcimiento, al juego y a las actividades recreativas propias de su edad y a participar libremente en la vida cultural y en las artes.”

 

Sin embargo, y a pesar de las buenas intenciones, seis décadas después, son numerosos los factores mediante los cuales se vulnera este derecho de la infancia al juego, o bien gracias a los cuáles el juego está desapareciendo de nuestros horizontes. Casos como el de Paula no son los únicos en este escenario de decadencia, en los cuales la infancia sufre un momento decisivo que atenta contra sus principales derechos.

Por este motivo, me gustaría aprovechar esta premisa fundamental para analizar todos aquellos factores que vulneran el derecho al juego, o bien favorecen su desaparición:

 

  • Construcción y burbuja inmobiliaria.

En la década de los 80, con el estallido del boom del ladrillo, la especulación y la construcción sin criterio ciudadano se instalaron para una larga temporada en España, y la construcción vertical se convirtió en un modelo de construcción que primó el beneficio económico, por encima de todo.

Atrás quedaron aquellas barriadas con amplios espacios para jugar, aquella construcción horizontal, más pensada en hacer ciudadanía, en compartir espacios comunes para crear comunidad. Debemos recordar que el período de la infancia es un momento evolutivo, que por tradición, necesita de grandes áreas recreativas para poder jugar, correr, respirar aire puro. Sin embargo, la construcción desde hace unos años se planteó únicamente pensando en el negocio y en el enriquecimiento del sector de la construcción.

 

Los centros escolares también vivieron grandes cambios, pues paralelamente a este boom del ladrillo a nivel social, las escuelas e institutos, que poseían grandes zonas recreativas naturales con arboledas y tierra; fueron cubiertos por capas de cemento para proveerlos de pistas deportivas. Los centros educativos, que cada día se parecían más a los centros penitenciarios, abrazaban el deporte, pero despedían al juego social de sus escenarios.

 

  • Juego tecnológico.

Uno de los factores que más han influido en los últimos años en la progresiva desaparición del juego social, es sin duda, la gran demanda del juego tecnológico en la actualidad. El juego de pantalla no solamente ha restado tiempo al juego manipulativo, sino que ha restado capacidades motrices básicas que no son replicables desde este tipo de lúdica.

El hecho de que nuevas patologías como el Síndrome de déficit de la naturaleza o el Síndrome de Hikikomori sean noticia, no es más que el reflejo del salto de la transmisión de contenidos lúdico-culturales de la generación de las pantallas.

 

  • Nuevos modelos familiares.

Además, el hecho de que las familias ya no sean tan numerosas también ha afectado en gran medida al desarrollo del juego en la actualidad. La ausencia de hermanos con los que jugar en la soledad de los pisos, la falta incluso de primos o de figuras familiares de edades similares, han influido notablemente en la evolución del juego.

Recordemos que el juego, por tradición se aprendía desde un plano social, en el que mayores instruían a pequeños. No existían en los 80 animadores o dinamizadores del juego. Si trasladamos un cumpleaños de hoy en día, con su piscina de bolas y sus monitores al contexto previo a los 90, cuesta creer cómo necesitamos en la actualidad pagar para que se realice una labor que antes era exclusiva de la infancia, la transmisión cultural de juegos y dinámicas lúdicas.

 

  • Sociedad individualista.

Además, nuestra sociedad es cada día más individualista, primando en nuestra infancia habilidades como la competencia o el liderazgo; frente a otras más sociales como la cooperación o la convivencia típicas de las sociedades colectivistas. Este modelo de crianza, centrado en hacer tribu, en colaborar en los cuidados de niños y niñas de modo social, que ha sido el modelo central de la ma/paternidad antes de la década de los 90, favorecía un estilo de juego en equipo, compartido, en el que había que dominar los conflictos cotidianos del juego comunitario: aceptar la derrota, discutir las normas de juego, organizar los turnos, etc.

Sin embargo, el modelo actual de sociedad, individualista y consumista, pone su foco de atención en la crianza desde una perspectiva de excepcionalidad, que fomenta el juego con juguete coleccionable (para mayor beneficio económico) y un entorno para la infancia basado en la competencia entre iguales. Por desgracia, son estas habilidades, que no favorecen para nada el juego a nivel social, muchas de las destrezas que además está empezando a demandar la escuela desde las nociones de liderazgo, competitividad y éxito.

 

  • Visión adultocentrista.

Por otro lado, y en relación con el anterior punto, tanto como con el primero; nuestra sociedad vive un momento plenamente adultocentrista. Entendiendo por adultocentrismo como esa noción de relación asimétrica de poder que ejerce el núcleo social del varón, caucásico, de mediana edad y poder adquisitivo, para con todos los estratos sociales periféricos que no entran en este modelo; no se ha pensado en los niños como ciudadanos de derechos a la hora de idear espacios comunitarios para ellos (parques, museos, auditorios, cines, espacios verdes al aire libre, etc.).

 

  • Estilo de vida.

Además, el estilo de vida actual caracterizado por una inexistencia de la conciliación entre la vida familiar y la vida laboral, promueve el uso y abuso de actividades extraescolares en la infancia. Los niños no juegan porque tampoco tienen tiempo para hacerlo. Van saltando del inglés a la informática, pasando por las clases del Conservatorio y hasta los campus de verano en donde pasan un tiempo lúdico, pero organizado.

Además, la proliferación de las actividades extracurriculares, los famosos deberes; tampoco ayuda a favorecer momentos de juego.

 

  • Pre adolescencia cada día más temprana.

Uno de los motivos más tristes por los cuales desaparece el juego tal y como nuestras generaciones lo conocieron, es el hecho del adelantamiento de la pre adolescencia. Nuevamente, gracias a un modelo económico que sale beneficiado de este sector social que está entre los diez y los catorce años de edad, el juego desaparece de la infancia para dar paso a otras dinámicas. Los preadolescentes desechan el juego como una opción válida, pues consideran que ellos ya están en otra fase. Una fase en la que el niño o la niña, pasa a ser consumidor a través de sus progenitores o tutores legales. Ni la ropa, ni la música, ni el ocio que consumen son apropiados para su edad, pero socialmente se promueve un modelo económico de facturaciones astronómicas, que favorece que cada día, antes, dejen de jugar.

 

  • Falta de adaptación del juego a la diversidad funcional.

Por último, me gustaría recordar, que no se vulnera el derecho al juego por igual. Son los niños y las niñas con diversidad funcional, aquellos más perjudicados con la desaparición paulatina del juego, pues el poco que queda, raras veces está adaptado a sus necesidades.

 

Pero no todo está perdido y cada día son más los centros escolares que promueven programas de rediseño de ambientes lúdicos y patios más inclusivos, que garanticen que ningún niño se quede sin jugar, que nadie se sienta aislado, solo. En este sentido, los centros educativos le llevan una buena ventaja a otras instituciones, especialmente las políticas municipales, regionales o nacionales, ya no digamos a las legislativas; garantizando este derecho al juego a través de los recreos y de los momentos de ocio dentro de las aulas, el aumento de la gamificación como estrategia metodológica, el fomento de talleres lúdicos, etc.

Porque todo apunta a que, y en este sentido, todos debemos reflexionar sobre esto; los centros educativos, son los únicos lugares en los que hoy en día, los niños y las niñas como Paula pueden jugar. Los últimos bastiones lúdicos que le quedan a nuestra sociedad.

 

 

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